Angélique Namaika

El pasado 4 de febrero recibimos a Angélique Namaika en el centro Matas i Ramis de Barcelona, muy cerca de la sede de GCA. La hermana Angélique nació en Kembisa, provincia oriental del Congo, en el seno de una familia católica. A la temprana edad de 9 años sintió la vocación de querer cuidar a los demás. En 2003 fue destinada a Dungu, una localidad en el noreste de la República Democrática del Congo, donde trabajó con mujeres desplazadas hasta que en 2009 ella misma sufrió el ataque de una guerrilla y tuvo que huir de la zona. El LRA (siglas inglesas del Ejército de Resistencia del Señor) es una guerrilla ugandesa liderada por Joseph Kony. Suelen reclutar a niños soldado y secuestrar a mujeres y niñas. Cuando estas regresan, a menudo vuelven con un bebé entre sus brazos, habiendo padecido todo tipo de vejaciones y a afectadas por alguna enfermedad. Tras ser liberadas, reciben acogida, cuidados físicos y psicológicos gracias a la religiosa en su Centro para la Reintegración y el Desarrollo en Dungu. Desde este centro dedica una atención individualizada para ayudar a las mujeres y niñas desplazadas a ser autosuficientes, se les enseña panadería, costura y cocina, se les ayuda a obtener ingresos para cuidar de sus hijos y sobretodo se les da un espacio para compartir sus historias y no sentirse solas.

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Madre: Ninguna palabra más acertada podría definir mejor a Angélique Namaike. No hace falta viajar a la República Democrática del Congo para conocer de cerca la labor de la hermana congoleña. ¿Saben ustedes a qué se dedica una madre?

Una madre nos seca las primeras lágrimas, apaga nuestro llanto y cura las heridas que se producen en la primera etapa de la vida. Mitiga el daño que nos hacemos al caer y, no sólo eso, nos levanta y nos enseña a curarnos a nosotros mismos. Sólo entre sus brazos solemos sentir la seguridad frente a un mundo que, a ojos inexpertos, se nos presenta salvaje y hostil cuando todavía somos niños. No hay frío si ella nos arropa. No existe el miedo si ella acuna nuestras noches. La madre vierte el primer jarrón de agua sobre nuestras raíces, para nutrir con la suficiente fuerza la tierra donde pisamos. Su ternura nos lleva a ser más amables, y a canalizar su cariño hacia los demás, más allá de nuestro pequeño mundo. Nos instruye bien sobre el valor de dar cuando se quita de ella para entregar a sus hijos. Nos enseña también sobre el coraje de vivir: los suyos son una extensión de sí misma y si los ve sufrir, ella también sufre. Saca el valor de donde sea para luchar, así como la sensibilidad necesaria para apaciguar su pena. No escatima en amor, se vuelve amor. Nunca corta del todo su cordón umbilical pero sabe retirarse del camino a tiempo para ver a sus hijos andar su propio camino, enfrentándose a la adversidad solos; todo ello observa la madre sin intervenir. No nos hace sentir vulnerables, pero sí amados. No elige nuestro futuro, pero sí vela por nuestros sueños. Cuando una madre falta, parte de uno mismo también falta. Pero afortunadamente, pueden aparecer otras madres en nuestras vidas. Como Angélique, quien se ha convertido en la matriarca de un grupo de mujeres y niños huérfanos de padres, madres y tierra, tras ser víctimas de los ataques de las guerrillas.


Una pequeña curiosidad, ¿qué significa Namaika en tu lengua materna?

Namaika significa en lingala (lengua bantú hablada en el noroeste de la República Democrática del Congo), “la madre de las joyas”.

El significado no podría ser más oportuno ya que, Angélique, eres la madre de muchas personas, todas ellas valiosas y únicas. Con tu nombre stabas predestinada…Sonríe.

En la conferencia nos has contado que la labor que desempeñas es básicamente la de ser maestra. Instruyes en muchas áreas: cocina, costura, cultivo… También nos has dicho que la mujer debe ser maestra para los demás por naturaleza, pero primero para una misma. ¿Qué quieres decir con esto? ¿Lo has vivido por tu propia experiencia personal?

Sí, yo he extraído esta idea de mi propia experiencia personal. Si quería ayudar a otras mujeres, sólo podía hacerlo a partir de mis propias vivencias. Debí ser instruida en todas esas áreas para poder enseñar a las mujeres que venían al centro. Y cuando me llegaban los niños huérfanos recién nacidos, tuve que estar preparada para atenderlos. Una mujer es una persona capaz de ocuparse de los otros pero primero debe estar capacitada para hacerlo de sí misma. Cuando los hijos crecen, hacen preguntas y sus madres deben estar preparadas para responder.

¿Cuál es tu deseo o petición personal para todas estas mujeres, niños y niñas que has ido acogiendo en el centro de reintegración?

Lo que más deseo es que esos niños tengan un futuro mejor. Que toda la formación que reciben cada día les sirva para el día de mañana y para llegar a sentirse realizados.

La Madre Teresa de Calcuta dijo un par dos cosas que recuerdan mucho a ti. Una es que “la Paz empieza con una sonrisa”. Desde el primer momento nos has regalado una deslumbrante sonrisa. Y otra es la conocida afirmación de que “hay que amar hasta que duela”. Y tú has conocido el dolor, has vivido a través de él y has conseguido mantener la fe y el amor en el ser humano. ¿Estás de acuerdo con ella?

Pienso que la Madre Teresa de Calcuta tenía razón. (…) Son los hombres quienes eligen cometer actos de violencia. Yo he sufrido por estos actos. Pero también he conseguido ser liberada. Si algo te hace mal y comienzas por sonreír, todo va a cambiar. La sonrisa comienza en el interior, como la fe. Respecto a la segunda cuestión, esta relación de amor que yo comencé con ese grupo de personas ha atravesado el mar, me ha ayudado a llegar hasta aquí. Se ha hecho más grande y significativo y los resultados pueden mejorar la vida de muchas personas a pesar de que nos ha unido el dolor.

¿Y cómo es un día para ti conviviendo con este gran colectivo humano en el Centro para la Reintegración y el Desarrollo en Dungu?

Mi día comienza temprano. Me levanto a las cinco de la mañana, me preparo y lo primero que hago es dirigirme a las estancias de los bebés. Me dedico a cambiarlos, darles de comer y asegurarme de que están bien junto a las mujeres que también cuidan de los huérfanos. Cuando ya he terminado ahí, me dirijo hacia la misa.

Luego viene la hora de formación: preparamos la tierra, damos la clase de costura o de cocina. Solemos hacer pan. Después continúo el trabajo en el centro y solemos tener una reunión diaria para hacer un seguimiento. Hacia la tarde hacemos una ronda para cuidar de los enfermos…miras si tienen fiebre, si necesitas cambiar los cuidados, etc. Y cuando anochece llega el momento de descansar para empezar de nuevo otro día.

Todo es un trabajo colectivo que un día iniciaste. Nosotros creemos que la cooperación, aquí, entre nosotros, entre países, entre continentes es el mejor medio para mejorar.

Es una buena idea y un buen equipo. Comparto esta opinión. Todos formamos un único cuerpo. Todos necesitamos ayudarnos y cooperar con ayuda mutua porque si una parte falla, todo falla.

Gracias Angélique por acercarnos a ti con tu sonrisa. Gracias por cambiar el mundo con tus acciones, amando y cuidando de los demás. Gracias por inspirarnos a todos.